Fui sobre agua edificada…

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Los humanistas Juan López de Hoyos -maestro de Cervantes- y Juan Hurtado de Mendoza son algunos de los pocos autores que nos han hecho llegar alguna referencia acerca del origen de nuestra urbe a modo de escudos y blasones.

El actual escudo de la villa, en el que aparece la osa junto al madroño y las siete estrellas alrededor, tiene ya varios siglos de antigüedad, si bien parece ser que anterior a este, hubo otro (anterior a 1200) con una simbología muy especial. Parcialmente sumergido en las aguas, aparecía una gran piedra de pedernal sujetada por dos eslabones de hierro que de su choque con la piedra hace brotar unas chispas. Junto a esto, el lema sic gloria labore. Paratur (“Esta es la gloria del trabajo. Prepárate”). Y bajo el emblema, la frase “Fui sobre aguas edificada, mis muros de fuegos son. Esta es mi insignia y mi blasón”. Esta es la frase que encontramos en una de las fachada de Puerta Cerrada, que a veces pasa inadvertida, pero que habla de los orígenes de nuestra villa.grabado_madrid_musulman

Cuando nos situamos junto a las Vistillas o atendemos a las vistas desde el Palacio Real observando la sierra a lo lejos, comprendemos el porqué de la fundación de Madrid en ese enclave y no en cualquier otro. A simple vista, dos fueron los motivos principales que llevaron al Emir Muhammad I, hijo de Abderramán II, a establecer una ciudadela (al-mudayna) en lo alto de esta elevación.

Por un lado, la posición geográfica. No hay que olvidar que en el siglo IX, la llamada Marca Media (límite de confrontación entre los musulmanes y los cristianos) se establecía en torno a la sierra de Madrid. Por lo que, creando una fortificación cercana, se podía dar aviso a Toledo y al resto de ciudades pertenecientes al Al-Ándalus de las incursiones de los enemigos del norte. Actualmente, todavía podemos observar las magníficas vistas que se tienen de la sierra en este enclave.

Además de la cuestión estratégica, el asentamiento debía disponer de tierras fértiles y aguas abundantes. Y esto se lo habría de proporcionar el Manzanares. Sí, el Manzanares, ese “charco” del que todo el mundo habla con ciertas reticencias a denominarle río. Pues, tanto él como los abundantes arroyos -sí, abundantes-, que desembocaban en él y que descendían por aquella elevación del terreno hicieron de aquel sitio el lugar perfecto para la fundación de la futura Madrid. De hecho, el propio nombre de la futura capital, que deriva del árabe, hace referencia a la abundancia de agua.

Algunos autores (cada vez menos), hablan acerca de una anterior población visigoda, Matrice, cerca de Puerta Cerrada, cuyos restos aun visibles en el momento de la llegada de los árabes habrían afianzado la creencia sobre las posibilidades de ese territorio.

Con esto, se entiende la primera parte de la frase descrita por López de Hoyos pero, ¿y la segunda?

Si habéis visto los restos conservados de la muralla árabe, habréis visto que se trata de sillares regulares y bien asentados en la estructura –al contrario que los restos cristianos que, por temor a los ataques musulmanes, tuvieron que hacer su muralla con más rapidez y más desorden-. Esa ordenación, en parte se debe a la utilización del pedernal como material de construcción. Como es sabido, esta piedra no sólo se utilizaba como herramienta en la prehistoria, sino que también era la utilizada a la hora de hacer fuego, debido a las chispas que producía al chocar con un material metálico. En nuestro caso, cuando los cristianos realizaban ataques a la ciudadela, al incidir las flechas sobre el muro, se producían las citadas chispas, que llamaban la atención delos allí presentes.

La Almudaina de Madrid fue fundada por Mohamed I entre los años 850 y 890. Como tal, esta fortaleza habría de servir como punto de comunicación con el resto de ciudades árabes de cara a la defensa del Al-Ándalus. Pero este enclave no solo estaba formado por el sector militar, sino por sus familias, un sistema político y religioso, así como una red básica de comercio interno y externo. De esta manera, al borde del pedregoso barranco, se va a establecer el alcázar y, en torno a este, la medina, abarcando una extensión total de entre quince y veinte hectáreas que se va a mantener hasta la conquista por el reino de León a finales del siglo XI.

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